
Llámase Albayzín al monte habitado desde tiempos remotos sobre la última plataforma del Cerro de San Miguel, en el norte de la ciudad.
El curso del Río Darro que lo delimita en su parte baja por el Este, lo separa de la vecina colina de la Sabika donde se alza la Alhambra. Pegada a la antigua muralla de Granada, su cuesta de Alhacaba, lo inicia por el noroeste. Y su barranco-cuesta del Chapiz lo une a un barrio de cuevas y cantes que se llama Sacromonte. Pero no es sólo un lugar, fue la primera Granada y sigue siendo parte esencial y el mejor libro vivo de su historia. Tampoco es un barrio pintoresco más; es en si mismo una ciudad, una ciudad májica.
Así es, mirándose en la Alhambra como un espejo o buscando su reflejo en el llano fértil que son la ciudad baja y la Vega, el Albayzín es un invento medio humano medio divino de convivencia y creación, una síntesis de naturaleza y espíritu. Tal vez porque es un otero privilegiado protegido por altas cumbres y vestido de un entramado de calles laberínticas de apiñadas casas blancas, anudadas por pequeñas plazas y decoradas por muchas torres de ladrillo y campana. O tal vez porque reúne dentro de tan poco espacio tanto arte del vivir , como sus muchos cármenes (combinación de casa y huerto, que han sido evocados en la literatura y la historia como auténticos jardines de Babilonia), la armoniosa vertebración de barrios en torno a los templos; la abundancia de plazas (como Plaza Larga, Aliatar, San Miguel), miradores (San Cristóbal, San Nicolás, Cruz de la Rauda...) y rincones apacibles y sensuales; y el increíble sistema de hacer llegar esa sangre de la vida que es el agua a cada rincón, trayéndola desde las sierras calizas de la Alfaguara y Huétor, y dirigiéndola mediante acequias como la famosa Aynadamar, a llenar uno a uno sus 28 aljibes públicos y tantos otros privados.